jueves, 1 de mayo de 2008

El regalo


En un día como hoy, siendo niño, era imposible convencerme de que el motivo de que fuese festivo no era mi cumpleaños. Ni los regalos ablandaban mi enojoso empecinamiento. Más crecido, comprendí la verdadera efemérides aunque, también con el tiempo, sólo he conseguido frustrarme ideológicamente al respecto.

Por eso hoy, ante la reiteración de la fecha, quiero dejar atrás ambas cosas: el desengaño emocional del niño que se consideraba el centro del mundo y la decepción de las convicciones que han visto como se ha mancillado el recuerdo de tanta lucha por la igualdad y la justicia.

Para hacer en parte realidad aquellos sueños, especialmente los infantiles, voy a valerme de este medio para darle forma a la ilusión de la niñez, fascinante por su espontaneidad y limpieza de sentimientos.

En aquella época, surge, con toda su pureza, el amor como un fascinante embrujo que no entendemos, proveniente de alguien que nos lo induce: una niña, una vecina que nos cuida, una maestra, estableciéndose un vínculo inexplicable para un niño que se traduce en el motivo para comenzar a dibujar "corazones" en el pupitre o escribir "te quiero" en alguna pared del barrio. Es tan grande la euforia por lo que sentimos, que no dudamos en "decírselo a todo el mundo", sin temor al ridículo, dueños de un poder que nos otorga alas.

Emulando al niño que fui (pero que sigue vivo dentro de mí), me voy a valer de esta tecnología para expresar con la misma entrega e ilusión, lo que siento por mi compañera, la verdadera, la definitiva; por lo tanto, la eterna.

Ella ha realizado, entre otros, el milagro de que mi cumpleaños no quede enmarcado a un solo día. Ella, Irene, es el regalo de la vida que me devuelve la alegría infantil por una jornada especial, haciéndola trascender a todos los días desde que la conozco. Podría agregar mucho más pero eso lo dejo para mañana... para pasado mañana... y será entre ella y yo.