domingo, 23 de marzo de 2008

Sin asunto


Ya lleva un buen rato el cuerpo pidiéndole salir de la cama. Resiste pero no tiene voluntad para contradecirle. Hubiese preferido permanecer como antes de despertar: inerte, inmune a esa sensación de sentirse inerme. Por eso se inquieta, algo le está asediando. No puede reconocerlo, desconoce por qué le persigue.

Finalmente, obedece a aquel mandato. Va hacia el baño y se lava la cara. Tampoco entiende por qué lo hace: odia esa bofetada fría en el rostro; rápidamente, levanta la cabeza para escurrirse de esa húmeda sacudida de la realidad. Así es como tropieza consigo mismo que se sorprende al verle desde el espejo. Baja la mirada, no puede sostenerla ante esos ojos huecos, desnudos. Nunca es fácil ver el propio abismo.

Pero también se defiende: tampoco tienen derecho a mirarle de ese modo. No hay nada peor que sentir la propia compañía como algo insoportable. No advierte que le perturba ser incapaz de disfrutar la oportunidad inmanente de estar bien... de ser.

Vuelve tras sus pasos. No habrá desayuno, sólo se atiborrará con el techo de un dormitorio pintado por la matinal bruma esclarecida de la noche que, inevitablemente, se derrumbará en la hondura de la siguiente. Es un día sin tiempo, de niebla donde vagan ausencias, pérdidas, desencuentros, deshojados recuerdos de otros días, luminosos unos, de borrascas otros.

Se traiciona y sucumbe ante el rito de invocar. Errantes, las súplicas se vuelven mudos gritos disueltos en la inmensidad del océano de la memoria. Insiste: reclama por aquellas jornadas que ha disfrutado, conjura el exilio definitivo de las tempestades que ha provocado.

-¿Por qué recuerdo todo esto?- se dice atado a un rincón de la habitación. Desde aquél vértice, ve como va asomando un universo lejano: el terruño añorado del que todos provenimos, donde se gesta un futuro que sólo servirá para tener un momento como hoy, un instante de nuestro tiempo gastado en pretender volver a él, a la infancia, época en que los sueños no se adelantan, se viven a la par que acontece el presente.

Su mirada vuelve atrás, a aquel impreciso día cuando comenzó a construir el mañana, sin imaginar que estaba dejando de ser niño. Así inició su partida de esa aldea natal a la que nunca volvería. Por eso, ahora, su corazón se desgarra para cambiar el rumbo; atropelladamente, intenta ese retorno para recuperar aquel reino que dispuso a su aparente antojo y que sólo le ha valido para ser esclavo de su recuerdo.

-Nada es como pensé que fuese- se reprocha... y se equivoca. Todo cuanto es de adulto se parece a lo que fue antes de serlo. Aquello que tiene o que ha desperdiciado es porque aquel niño, un segundo antes de ponerse a pensar en cómo sería cuando dejase atrás la infancia, muy probablemente, hubiese actuado de la misma manera que él, ya crecido. Sus motivos siguen siendo los mismos; cambian las circunstancias, los medios. Los aciertos se repiten, los errores se parecen. -Todos corremos detrás de lo que necesitamos y escapamos de lo que nos asusta- murmura en silencio.

-Sigo teniendo ese derecho-se consuela susurrante-: a intentar. Pero ahora, protagonista voluntario de sus actos, nada le exime de corregir lo que ha errado. Lo sabe, no hace falta que nadie se lo diga. Cuán duro le resulta ser sometido al propio juicio de las decisiones fallidas, de los daños provocados, más cuando aún alberga la sombra de un niño desterrado de su patria original empujado por hechos de los que no ha sido dueño.

Siente frío. La destemplanza del paisaje gris se ha metido en su cuerpo. Es un antiguo rocío que amortaja su alma. Le ha invadido el remordimiento de los errores, de aquellos que el niño no hubiese cometido sino hubiese sido un cachorro desprotegido que se acercaba a su indiferente dueño, no por el aspecto sino buscando su gesto.

Cierra los ojos como si quisiera con los párpados borrar las imágenes de las carencias y las equivocaciones; implorando que su bajar y subir sea una mágica caricia que devuelva con su paso los colores a los grises, la sonrisa a los llantos derramados, el tacto de los abrazos lejanos... las alas al espíritu quebrado.

Siente un trago inverso en la garganta. Algo quiere salir y no puede: un grito recóndito de sentimientos ahogados. Se le ensancha la mirada buscando una lágrima que no encuentra. La pena se convierte en un cerco del que no puede escapar. Se revuelve, gime. Dolorosamente, el hombre ha vuelto a ser niño. Ha recuperado, al menos, su identidad aunque no pise su suelo. Su aliento agitado trata de atrapar el aire que le tranquilice. Lánguidamente, su congoja suspira. -Todos han pasado, pasan y pasarán por esto- arbitra.

La calma seduce a la tormenta. Cabizbajo, se sienta en el borde de la cama. La ventana no dibuja nada, excepto un fantasma que flota afuera.

-No quiero verme así, perdido- pronuncia ante su reflejo. Ya no soy un niño-admite-, todo el mundo se equivoca... –se consiente arrepentido-; si puedo flotar en esta niebla, también puedo salir de ella. No quiero sentirme así, ni tan bueno ni tan malo... soy como cualquiera, con derecho a la misma cuota de cariño y capaz de pagar por ella con lo que llevo dentro... yo también valgo...
Se acerca a la ventana y apoya la mano en el cristal donde se ha hundido su fantasma, retornando al mundo que lo ha creado. Sus dedos sienten el frío de fuera. Una señal que contrasta con el calor de su vida.

La bruma de dentro se disuelve. Se da la vuelta y se sienta frente a una mesa. Vuelve a mirar hacia la ventana. La luz gris permanece y no cambiará hasta que anochezca. Eso ya no le inquieta. Le es suficiente con que sea su alma quien se despeja. Entonces, escribe:

PARA: A todo cuanto tengo y quiero
ASUNTO: ...sin asunto...

Y retorna a sí mismo, satisfecho de su encuentro... con lo que es, no con lo que debería haber sido.

domingo, 9 de marzo de 2008

Apuntes para terapia/ 2 de 2

Pudo escuchar como su compañero se dejó caer resoplando en la cama. Se dormiría rápido. No es su caso, no está nervioso, la excitación tiene otro origen. Se reclina en la cabecera de la cama y deja la luz encendida. En realidad, quiere permanecer despierto... quiere disfrutar lo que esta sintiendo.
-En la próxima reunión, me escucharán. Seré consultado. Nada se hará sin mi opinión-no deja de pensar.
Todo había estado programado desde hacia tiempo pero, dadas las circunstancias, era muy arriesgado. Tanto que no tenía fecha de ejecución, porque de eso se trataba, de ejecutar a alguien en nombre de una vieja reivindicación, tan vieja que sus motivos se diluyen enmarañados en una historia tergiversada por el tiempo, semejante a una leyenda terrorífica que ya no se cuenta a los niños y que su verdadero horror está en su pretendida vigencia impuesta por la fuerza, alentando una lucha insensata cuya única y justa solución es el entendimiento proveniente del diálogo entre las partes enfrentadas en ese conflicto que zozobra en unos reclamos desorientados. "Cosa de enclenques que se creen sabios, no hay mejor parlamento que aquel surgido de la acción armada", esa es la opinión de los que revitalizan su empresa con la barbarie y que con ese insensato argumento pretenden revalidar un asesinato como una ejecución de castigo.
Pero él ni siquiera necesita estar de acuerdo con esto; simplemente, se comporta fiel a sus impulsos que le garantizaban su supervivencia. No es la coincidencia con los demás lo que alimenta su fortaleza, ésta proviene de su propia convicción. Creció a puñetazos para ganarse un lugar en este mundo, había conseguido sobresalir no por capacidad sino por la temeraria frialdad para actuar en contra de cualquiera, aunque le fuese conocido. Esas cualidades le llevaron a aliarse con quienes hacen de la violencia una doctrina, una manera de interpretar la vida para dar rienda suelta a la nefasta bestialidad que llevan dentro, único modo que conocen para expresarse, para sentirse seguros, conformes consigo mismos. Ellos le habían buscado, los de la doctrina, los de la historia.
Se encuentra muy cómodo así. De este modo, cree haber encontrado la razón de su insensible vida. Poco que le interesan las ideas. –Lo que importa, es lo que puedes conseguir por ti mismo, con los medios que sean- ese es su lema, aprendido al rechazar todo sometimiento a la tolerancia y el respeto.
–La ley está en el poder que uno tiene- recitó, absolutamente convencido, sonriendo con la mirada vívidamente fijada en un rincón del techo. Se estaba felicitando por lo que hizo y de lo que sería capaz de hacer. –No cualquiera sabe sacar provecho de esto- se dijo, mientras acariciaba la pistola que reposaba entre sus manos. -Vendrá bien la fiesta de Manuel-imaginó y se puso a especular sobre las ventajas que ahora dispondría.
Pero unos fuertes golpes en la puerta le interrumpen. Empuña el arma. La habitación no tiene ninguna ventana. Mal asunto. Se siente atrapado pero no se amedrenta. Sale vociferando, apuntando hacia delante. No piensa, sólo actúa. Cualquier animal acorralado haría lo mismo: mostrar los dientes... empuñar la pistola. Los golpes aumentan, ensordecen sus gritos, le rodean, le enceguecen, le amordazan...los golpes no cesan... sólo hay golpes...

Roberto se sacudió hasta quedar sentado en la cama. Allí también resonaban unos golpes. La habitación estaba tenuemente iluminada. Las rendijas de la persiana semicerrada dejaban colar la luz de la mañana. De repente, el vecino dejó de martillar. Lo único que escuchaba era el viejo reloj encargado de recordarle cada mañana que debe ir a trabajar. Respiró para cerciorarse de donde estaba. Su mirada se detuvo en un pequeño bloc de papel que había dejado sobre la mesa antes de dormir.
-No pensé que lo tendría que usar tan rápido- se dijo. En la cubierta de cartón plastificado había escrito: "Apuntes para terapia". Había decidido hacerle caso a su psicólogo respecto a tomar notas de lo que soñase inmediatamente al despertarse, especialmente para no olvidar los detalles de esos animales fantásticos o de los mundos existentes en sus sueños que recorría en bicicleta.
–Influencia de los videojuegos- le había dicho el psicólogo pero él se distraía más con películas. Tenía reconocida la extrañeza de sus sueños, por eso aceptó finalmente la recomendación de apuntar todo lo que recordase de esos encuentros y aquellos viajes. Pero esta vez había sido muy distinto. –Demasiado real- pensó Roberto y reiteró: -Lamentablemente real...
Se acomodó colocando como respaldo las dos almohadas que usaba habitualmente para dormir y abriendo el bloc, con lápiz en mano, se dispuso a describir su último sueño. –No volveré a dormirme pensando en las noticias del día- se reprochó silenciosamente-, pero, ¿quién puede dejar de hacerlo cuando se asesina en nombre de la libertad?
Mientras escribía, advirtió que no se sentía molesto consigo mismo por haber entorpecido su descanso de esa manera. Seguramente, no había sido el único que se había dormido pensando en que una persona como él, como tantas, con amigos, familia, proyectos ahora inexistentes, fue arrebatada salvajemente de la vida por algunos que pregonan prepotentemente la defensa de una sinrazón que justifica un invento al que llaman patria, de una raza imaginaria que les enaltece, de una bandera y de una lengua que les distingue atribuyéndoles una orgullosa superioridad, todas supuestas diferencias que les encumbran y les autorizan a actuar de modo tan salvaje por esas causas irremediablemente pérdidas en la brutalidad de su irracionalidad.

Apuntes para terapia/ 1 de 2

El tercer hombre les esperaba con la puerta abierta. Los dos recién llegados entraron rápidamente. Antes de que pudiesen decir algo, el anfitrión saludó: - Para los vecinos soy Manuel.
- Hola, Manuel- fue la doble respuesta hecha casi al unísono pero las miradas fueron más elocuentes. Ojos que se movían en todas las direcciones, buscando sombras, destellos de otras miradas que les pudiesen seguir. La puerta que sujetaba Manuel, se cerró tras ellos. El primero en entrar fue directamente hacia la única ventana que daba a la calle. No buscaba nada propio. El coche que les había llevado, estaba estacionado a 10 minutos de allí. No importaba, si tenían necesidad de uno, usarían el de Manuel.
El segundo hombre no sentía curiosidad por nada. Estaba visiblemente cansado. Era el que había conducido todo un viaje que no fue especialmente largo pero sí muy tenso. Escapar siempre es así.
Manuel les indicó las habitaciones para dormir. Sin más explicaciones, dedujeron donde estaba el baño y la cocina. En la sala, poco había: una mesa con tres sillas, un televisor apagado en el suelo adosado a un rincón y un amplio sofá con una mesa donde se amontaban sin ningún orden mapas, tres libros y unos textos fotocopiados encuadernados muy sencillamente.
Los huéspedes llegaron sin equipaje. De lo que pudiesen necesitar ya se había encargado Manuel, además de alojarlos, obviamente. Se quitaron los abrigos y dejaron relucir parte del metal de las armas que llevaban pegadas al cuerpo. De eso no se desprendieron. Al dueño de casa no le sorprendió. Él también tenía una similar debajo de la gruesa camisa abierta que la disimulaba. Al ver que sus nuevos compañeros se sentaban, les dijo que en la cocina había comida.
–Trae algo de beber- dijo el que parecía más expectante-, hay que celebrar el éxito. El que mejor conocía la casa, actuó sin cuestionar. Volvió y respondió: -Este es un buen licor de la tierra, de la nuestra. La aclaración estaba fuertemente recalcada por el idioma que empleaban. No era una jerga del oficio, el lenguaje identificaba el origen de los tres, como otros detalles que, aparte de las armas, les vinculaba al motivo por el que estaban allí: formaban parte de un grupo con una tarea muy especial, muy meritoria para ellos, dignidad quebrada por la presencia insensata de las pistolas, absurda burla a la justificación de sus intenciones.
El que parecía soñoliento, señaló: -Vendrá bien para descansar-.
-Sin pasarse- apuntó Manuel. Duerman un rato, yo vigilaré. Sirvió el licor, repartió los vasos y agregó: -Va por ustedes y ahora, por mí también. Salud.
- Salud- replicaron los otros y los tres apuraron el trago. A pesar del único sorbo, supieron reconocer su calidad. El aguardiente era bueno, no quemó sus entrañas, otra cosa ardía dentro de ellos. –Una más y la última- fue lo dicho silenciosamente al arrimar los vasos vacios a Manuel. Éste no se negó a la petición.
-Aquí estamos seguros-explicó. Llevo varios meses organizando juergas cada 3 o 4 días y los vecinos están acostumbrados a ver gente extraña que luego desaparece. Ustedes no les van a sorprender. Anteayer hubo una y mañana tendremos otra. Se quejarán un poco del ruido pero como es sábado, nadie les hará caso.
Los otros, que esta vez paladearon la bebida, asintieron conformes. Si bien estaban preocupados, esa sensación ya no les molestaba, formaba parte de ellos, les mantenía en alerta constantemente. –Para no perder de vista la meta- como solían decirse los tres que hacían de su trabajo una labor de 24 horas.
–La meta lo justifica todo- comentaban más de una vez para darse ánimos. Y eso era lo que había estado alegando interiormente, durante todo el viaje, el que no se mantenía quieto. Lo hacía sin brusquedad: se levantaba, volvía a sentarse, otra vez se incorporaba. Sencillamente, no podía permanecer inmóvil. Probablemente, porque gracias a lo que había hecho, alguien ya no se movería nunca más. Él era el autor del suceso que obligaba a los tres a estar allí, bajo las condiciones de un juego macabro e indigno.
Manuel advirtió su turbación. Él ya había pasado por eso en situaciones similares pero que no habían llegado al extremo de enfrentarse al objetivo. –Piensa demasiado- decían los jefes, por eso, le encomendaron que se encargase de que no faltase nada para apoyar a sus otros dos compañeros. Así, acostumbrado a la organización y la previsión, reiteró: -Descansen, yo vigilo.
Entre todos, intercambiaron un abrazo de camaradería, fraternidad que sólo ellos entendían. Fuera de esas paredes, nadie les regalaría un gesto similar si supiesen lo que encubrían esas juergas y menos aún después de lo ocurrido. Manuel quedó en la sala y el resto se metió cada uno en una habitación.